Northern mysteries

Capítulo 2:

Salimos del poblado al amanecer, con la luz de Amaunator a nuestras espaldas y el rocío de la mañana aliviando nuestras heridas. Lamentablemente no podíamos quedarnos más tiempo ahí, el ambiente estaba muy tenso después de todo lo que ocurrió y a pesar de todos los compromisos y los discursos Nellam siempre me enseñó que las palabras se las lleva el viento. Sobre todo en una situación como la actual. Dejamos un pueblo en ascuas, los privamos de todo aquello en que creían.

El camino hacia Yeshelmar comienza a hacerse largo, nuestro grupo se conoce desde hace muy poco y las diferencias entre unos y otros son grandes, provocando que el silencio se transforme en lo único que nos une. No queda más pues que refugiarnos en la soledad de nuestras cansadas mentes aislándonos en nuestros propios pensamientos. A penas dejamos atrás los fuegos de la pequeña villa una gran intranquilidad me inundo completamente, será que los corazones de mis camaradas también estarán siendo azotados por la misma tempestad ¿habré hecho bien dejando a esas personas a su propia merced?, ¿habré hecho bien en dejarles sin castigo?, ¿habré hecho bien teniendo compasión? Tantas interrogantes hacían que mi voluntad titubeara, quizá era verdad lo que decía el maniaco de Savos Aren, puede que aún sea demasiado joven y mi preparación sea insuficiente para esta difícil tarea. Sabe bien el viajero que la duda es siempre amiga de las largas caminatas y cada vez me seguía mejor el ritmo. Pero no he de dejarla Claro que no, puesto que lo que diga ese sediento de oro me trae sin cuidado,no es posible que sea verdad lo que dice, y no lo es porque al mirar mi cuello vi resplandecer un medallón que me fue regalado hace mucho tiempo por un hombre bastante más sabio que Savos, el mismo que confió en mi para este puesto.

La nostalgia se apodero de mi ser y comencé a recordar la primera enseñanza que me dio. Fue hace mucho tiempo en mi infancia si se le puede decir así, ya que en vez de corretear por las faldas de mi madre tenia que contentarme con interpretar los roles ora de triste mendigo ora de hábil ladrón. Alguien que elegía si apelaba a la caridad o bien se aprovechaba de la torpeza de las gentes. Un pequeño sobreviviente que vagaba por las calles de Helgabal, gran urbe de Damara, siempre atestada de personas hasta el punto de lo sofocante. La ciudad se encontraba en constante algarabía por todos sus rincones, desde los mercaderes ofreciendo sus mejores productos, pasando por las mujeres desesperadas buscando con escandalosos gritos a sus hijos, hasta los hombres que con gran esmero se recordaban entre ellos de los oficios que realizaban sus esposas cuando estaban solas. Pero a pesar de la fuerte presencia de tamaña barahúnda había un ruido que se sobreponía a todos los demás por muy estruendosos que fueren, ese era el constante rugir de mi estómago recordándome que debía llenarlo, el principal impulsor de mí en ese entonces descarriada vida, una época en que el temor de sentir una mano acusadora sobre mis hombros era el mejor combustible para mis piernas. A decir verdad el único adjetivo que merecía plenamente era el de “triste”, lo de hábil quizá no es muy cierto, casi nunca tenía un buen resultado tanto al tratar de llegar al corazón como cuando intentaba beneficiarme de la ingenuidad. La gente no era muy generosa en la gran ciudad y lo único que estaban siempre dispuestos a regalarme eran las salpicaduras de barro al pasar por mi lado, jamás me hice acreedor de alguna mirada compasiva ya que las personas, en constante apremio, ni siquiera bajaban la cabeza para observarme. Cuando decidía hurgar los bolsillos de los despistados no me iba mucho mejor, casi siempre había alguien bien ubicado que me descubría y estaba dispuesto a delatarme. Por lo visto ver como a un niño lo golpean sin piedad los guardias siempre ayuda a relajar las tensiones.

Un día como tantos vi por la calle a un hombre algo mayor, sus ropas eran impecables, de seguro su bolsa de monedas era generosa, los hilos y telas nunca mienten. Me levanté de mi esquina habitual y comencé a seguirlo, tenía que probar suerte, mi estómago estaba vacío desde hace ya buen tiempo. Puede que me descubriera robándole pero de seguro mis piernas acostumbradas a correr me permitirían que escapara de él, su pelo cano así me lo decía. Mientras estaba distraído jugueteando con un bebé que yacía en los brazos de su madre logré tomar su bolso. El peso de las monedas me hacía rebozar de alegría, corrí como nunca antes lo había hecho, por largo tiempo y esquivando todo obstáculo a mi alrededor. Me sumergí en la oscuridad de un callejón para observar mi abultada recompensa y vaya que sí lo era, iba a poder comer por mucho tiempo con esto. Cerré la bolsa y tome una de las salidas de aquel sombrío lugar cuando lo vi nuevamente, su traje era inconfundible. El miedo paralizo todos mis sentidos, de seguro los soldados ya estaban de camino para darme una paliza pero no fue así, aquel anciano se movió como el rayo para llegar a mi lado y luego tomó con suavidad el pequeño saco de mis manos, con una sonrisa en su cara colgó a mi cuello un antiguo medallón con forma de sol y me ofreció algo mucho mejor, una oportunidad para cambiar mi vida. A decir verdad me dio bastante más que eso, tuve por primera vez a alguien en quien confiar, un ejemplo a seguir, un verdadero padre. Esa fue su primera lección, “la compasión”, sabiendo lo que le hice me dio una chance de tomar el camino correcto y es que yo no conocía otra forma para vivir. Lo mismo traté de aplicar con Uthmere. Aislados de todo el mundo ellos no tenían como enmendar la ruta, pues no sabían que existía una diferente. Tuve compasión para darles una oportunidad de corregir el rumbo, la misma que algún día tuvo un anciano con un pequeño truhán. Acaricié el medallón y sonreí, si había actuado como mi maestro lo había hecho bien.

Casi al caer la noche llegamos a Lethyr un bosque milenario, sumamente frondoso, repleto de árboles ancestrales que de seguro habían sido testigos de las más variadas historias. Caminábamos maravillados con Arjen, él había viajado mucho más que yo pero notaba en su mirada que estaba sorprendido por el espectáculo que nos regalaba la naturaleza. Mientras nos maravillabamos con la frondosa arboleda Maeglin y Fenrris se alegraban de encontrarse nuevamente en su elemento después de haber cumplido con su cometido. En tanto Allyana aún conservaba la sombra en sus ojos después de haberse enfrentado al cadáver de su esposo. Luego de llevar un rato adentrados en la espesura decidimos acampar, había sido un día de dura marcha y tomar un descanso se hacía imperioso.

El despertar fue como el de todos los días de mi vida desde hace muchos años. Me levanté, dije mis oraciones dedicadas al Dios sol, una por una tal como me habían sido enseñadas. Con la pequeña diferencia de que ahora además había a mi lado un paladín que quizá las realizaba con más celo que yo mientras un grupo de elfos nos observaba con la repulsión propia de quien presencia un acto de barbarie. Por no decir que además nos encontrábamos en un bosque a cientos de kilómetros del monasterio que era mi hogar.

Demasiado lejos de Damara, aún más de alguien que reconociera la autoridad que me confería el astro rey plasmado en mis vestiduras. Mi título de juez en estos rincones se veía mermado. Siempre me imagine esta labor de una manera diferente, en los dominios de los hombres los jueces son sumamente respetados, sus dictámenes no se ven cuestionados y la gente los aclama con fervor a su paso. Eso lo sé por un gran amigo Zelemir Thorem, el prodigioso alumno del monasterio Rosa Amarilla, hasta antes de mi nombramiento él había sido el juez más joven que llegase al cargo con solo 24 años. Entrenábamos y estudiábamos juntos, era una de las pocas personas que le dirigían la palabra a un no-noble como yo y si bien a veces lograba superar su esgrima no había nadie que tuviera un sentido de la justicia como lo tenía Zelemir, bien podría haberse dicho que en lugar de corazón tenía una balanza en perfecto equilibrio puesto que nunca dejaba que las pasiones nublaran su juicio, lo que sumado a su gran aptitud en todas las disciplinas físicas e intelectuales hacian obvio que no existía nadie mejor para el puesto a pesar de su juventud. Rondaba por Damara con honores, presidía cuantiosos litigios entre hombres de gran poder, lograba apresar a importantes criminales, participaba activamente en la gran asamblea de jueces y sus opiniones eran respetadas. Aun así jamás se olvidaba de los más desfavorecidos, resolvía sus conflictos e imponía su sello en los escritos de pequeños testamentos y contratos. Según su experiencia era una buena manera de acercarse a la gente y escuchar los problemas que los aquejaban . Sus hazañas llegaban como noticias rápidamente al monasterio siendo celebradas por todos. Siempre nos escribía a mí y a Nellam a quien apreciaba mucho, la última carta que le envíe era sobre la muerte de “Nell” lamentablemente se hallaba demasiado lejos para llegar a Rosa amarilla a tiempo para presenciar el funeral o para alcanzar a despedirme de él antes de partir. Zelemir Thorem, que la luz de Amaunator lo ilumine siempre y guíe su camino.

Quizá mi labor no tenga la misma pomposidad que la de Zelemir, no me reciben con el suelo alfombrado de rosas en ninguna parte, pero creo que tengo la oportunidad de hacer cambios más grandes que mi noble amigo, por eso vamos con decisión a Yeshelmaar a pedir la aprobación del nentyarca para llevar a cabo una gran reestructuración en el gran valle y así poder darle un nuevo fulgor a todas estas personas que por décadas se han encontrado sumidas en la más absoluta penumbra.

Lo cierto es que al llegar una vez más quedamos deslumbrados, la ciudad era realmente sorprendente y se encontraba completamente fundida con la naturaleza, quien sabe que otras maravillas nos esperan de este viaje. Maeglin nos condujo a su casa, una enorme mansión llena de antiquísimas y valiosas reliquias provenientes de todos los confines del mundo conocido, y además contaba con una biblioteca que no tendría nada que envidiarle a la del monasterio, estanterías repletas de gruesos volúmenes colmaban todas las paredes del lujoso edificio. De inmediato se me vino a la mente que quizá alguno de los libros ahí presentes nos podía ayudar a resolver el misterio del calendario. Mis ideas fueron cortadas de lleno ya que mientras miraba los aparadores en busca de algún libro que ojear llegó Minwe el padre de nuestro compañero elfo, inundando la casa con su agradable presencia. Era un individuo muy culto y amistoso, se encontraba sumamente contento por la llegada de su hijo. Luego de las introducciones compartimos una calurosa cena junto a él, le contamos lo que nos ocurrió e incluso le ofrecí el calendario obtenido de Uthmere, la gran perspicacia de la que era poseedor le hizo de inmediato darse cuenta de que estaba hueco y que tenía algo dentro. Se comprometió también a darnos una cita con el círculo del nentyarca para discutir nuestro plan y muy amablemente nos facilitó su biblioteca para desentrañar el enigmático objeto.

Luego de horas de pensar caímos en la cuenta que el código que nos dio la anciana era en realidad una fecha específica, que de seguro produciría algún efecto si era fijada en el artefacto, esto a raíz de un libro en el que se estudiaban las distintas maneras de realizar dataciones en el cual se incluían imágenes que representaban lo enunciado por dicha clave. Al introducir el día, mes y año específicos el mecanismo se abrió y un pequeño pergamino escrito salió de él. Reconocí la caligrafía de inmediato…

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Acratar Balthier

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